sábado, 25 de enero de 2014

Capítulo 1


Los rayos del sol naciente, anaranjeaban el horizonte de un mar calmo. De esos amaneceres que  extasían con la belleza del clarear del alba y el despertar del sol, en la unión del cielo y el mar. Mientras cruza la imagen una potente lancha de pesca que recorría lentamente el espejo de agua, navegando a baja velocidad.                                                                                                                                
   Los marinos se desplazaban en la cubierta, cada cual cumpliendo su labor, con rostro serios que revelan la concentración de que todos estaban envueltos para que todo salga bien. No había bromas, ni sonrisas.
El capitán al timón de su nave, “La Piedad”, estaba pendiente de la radio con el trasmisor abierto. Tras sus gafas espejadas vigilaba que todo se hiciese según sus órdenes. Su piel estaba cobriza y seca de tantos años de exponerse a los rayos de sol de mar del Atlántico.
   No sabía el por que de tantas especificaciones para atrapar un ejemplar de delfín, pero eso no le incumbía. Solo le importaba que le pagaran bien,  eso lo sacaría del apuro económico en que es encontraba y no perdería su preciosa lancha.
   El tiempo pasaba lentamente; y más para el Capitán que por dentro estaba ansioso esperando la llamada que le diera la ansiada señal afirmativa. Esto lo obligaba a tener lo que todo pescador ha de tener; paciencia.
   De pronto la radio sonó:
   – ¡Aquí “Zorro del Aire” a nave “La Piedad”! , cambio.
   El Capitán tomó el micrófono de un zarpazo, y respondió con su voz ronca:
    – Aquí “La Piedad” contestando. Informa, Carlos. ¿Tenéis ya las coordenadas? Cambio.
   Carlos era el piloto del aeródromo de la isla, colaboraba en todas las búsquedas de salvamento, de turismo y localización que se hacían en la zona. Conocía desde hace tiempo al Capitán y lo respetaba por lo profesional que era. Manejaba un Piper Comanche con tren de aterrizaje con flotadores; y desde allí le contestaba:
  – Creó que sí. Tengo a la vista una manada que encuadra con la descripción.  Se encuentran a una hora de vosotros.
   – Muy bien Carlos, cerciórate. Recuerda que si nos equivocamos no habrá paga para nadie. Cambio.
   – Correcto. Dentro de un momento se lo confirmo, Capitán. Cambio y fuera.
   El Piper que pilotaba Carlos, lo tenía volando estabilizado a 300 metros de altura, con lo cual vigilaba un gran sector. Para comprobar las especificaciones debía descender, ya que solo se apreciaba las siluetas y la manera inconfundible de desplazarse de los cetáceos. Empujó el manubrio de mandos y el avión empezó a descender con un amplio círculo de vuelo ladeando el ala y acercándose hacia la superficie del mar.
   Su mente se adelantaba a repasar los detalles específicos que le dieron de la manada que debía localizar:
    …Son cuatro delfines sopladores, uno de los cuales es una cría… La mejor referencia para la localización desde el aire. Pues que dijeran que dos son machos y una hembra, no sirve de mucho a alguien que no es experto. Él se decía que no los distinguiría unos de otros, aunque los tuviese a los pies. Y que poco le valía los datos mas superfluos que le dieron, como que el mayor tiene una mancha blanca en la aleta dorsal y cicatrices en su lomo, que el otro más pequeño, tiene cortada la aleta caudal, como si hubiera escapado entre los dientes de un tiburón. Si le valía, saber que son los más grandes dentro de la familia de delfínidos, y que eso mejoraba la posibilidad de apreciación.
   La manada se desplazaba nadando sincronizadamente en busca de alimentos. Hasta ese instante no se habían hecho ningún cambio en su ritmo de desplazamiento, pero al momento de sentir el rugir del avión aproximarse, se inquietaron y nadaron con mayor velocidad.
   El avión hizo un vuelo rasante al agua desde el Este; para que el sol no le dificulte la visión a Carlos pero sí a los cetáceos. Luego se elevó otra vez ladeando el aparato y dando todo un giro de trescientos ochenta grados, volvió entonces desde la retaguardia para colocarse en paralelo a ellos. Así se dio cuenta, que efectivamente, uno de los integrantes era una cría. El cual nadaba con la misma perfección que los mayores.

   Carlos se decía:
   …Es increíble pensar que estos animales no son peces… Pero lo mejor es que son los que busco.
   La radio de “La piedad” volvió a receptar con claridad.
   – Aquí “Zorro del Aire” a nave pesquera. Cambio.
   El Capitán al instante devolvía la llamada.
   – Si, Carlos … Tienes la confirmación del objetivo. Cambio.
   – Confirmado. Vuestro objetivo se encuentra al sureste de su localización. En coordenadas 30º  27`Lat. Norte, 15º long Oeste. Cambio.
   Satisfecho por la información, el Capitán le respondía:
  – Muy bien Carlos, tu misión ya está cumplida. Ahora nos toca a nosotros. Cambio. 
  – Bien, me retiro de la zona. Y le deseo buena pesca, Capitán. Cambio y fuera.
   El avión viró y comenzó a ascender para volver al aeródromo.
   El capitán giró su cabeza hacia los marineros y les gritó:
   –  ¡Muchachos! ¡Preparados que vamos a faenar!
   Luego tiró hacia atrás del acelerador de la lancha, que respondía con un gran rugir acompañado del bullir de las aguas en las hélices.
   Un marino entró en la cabina y se dirigió a coger unos prismáticos. Era Fredy, el vigía de la nave.
   – Capitán. ¿Cuánto tiempo tenemos para avistarlos?
   – Estése preparado en 40 minutos. Ya sabéis que el sonar no sirve viajando a está velocidad.
   – Lo sé, Capitán. La mejor tecnología son mis ojos, junto a su olfato de viejo lobo de mar.
   – Saca lo de viejo. Y mantente atento cuando los veas, pues en el momento de que se den cuenta que vamos tras de ellos, seguro que tratarán de complicarnos la faena.
   Aparte del Capitán y Fredy, cuatro marineros se movían sobre la cubierta en medio de un vendaval generado por la velocidad a la que se desplazaban. Todos eran ágiles y expertos pescadores, que se movían con estabilidad a pesar del vaivén y los resaltos de lancha.
   Uno se estaba vistiendo con un traje de buceo de neopreno, otro revisaba la malla de una red, otro estaba bajo cubierta revisando los motores. Y el último, llevaba una caja negra hacia la proa.
   Fredy, que sabía que aún le quedaba unos minutos de espera, le preguntó al Capitán, detalles que intrigaban en su mente acerca de su caza:
   – Capitán, ¿Quién es esa mujer que nos ha contratado?
   – Realmente no estoy enterado. Solo se que el Banco me ha dado fe de que está en posibilidad de pagar. Se presentó como bióloga marina… Tal vez, pertenezca al acuario de la isla.
   Fredy le respondió con seguridad:
   – No, Capitán. Yo conozco a todos los que allí trabajan, y nunca la vi o escuche comentarios sobre una nueva bióloga.
      El Capitán  tenía la vista hacia la proa de la nave y le contestaba sin mirarlo:
   – Bueno. A mí nada más me importa que podamos entregar el encargo y que pague.
   – En eso jefe, usted tiene la razón del mundo.
    Y el Capitán sin hablar, hizo un gesto de silencio con el índice y luego levanto su brazo indicando que ya era hora de dejar de hablar, y que subiera al atalaya de la lancha.
   En proa, el marino de la maleta negra, la apoyó en la cubierta y la abrió destrabando dos cerraduras cromadas. En ella se escondían las partes de un rifle cuidadosamente guardado, cual instrumento musical de un concertista, y presentado en exquisito orden. Había dos pequeñas bombonas de bronce, el cañón, la culata, la mira telescópica y una serie de dardos con penachos.
Éste fue tomando las partes y ensamblándolas, hasta que estuvo listo un rifle de gas comprimido. Por último, fue cargando los dardos y luego se quedo sentado en una butaca con apariencia de ser el hombre más tranquilo de la tripulación.      
   Habían pasado más de tres cuartos de hora y Fredy, pegado a sus binoculares, escudriñaba el horizonte.
   El sol daba en ocasiones de frente, a no ser por el diestro Capitán que llevaba la nave zigzagueando para atenuar los efectos de los reflejos y acompañar la labor de Fredy. Los binoculares eran de última generación, tenían filtros y aumentos digitales, que a veces no eran suficientes ante los refulgores de un sol que ha aumentado su intensidad debido a la disminución de la capa de ozono.

    De pronto, aparecieron a la vista de Fredy, cuatro aletas asomando a flor de agua. Tomó el intercomunicador, y habló a la cabina:
   – Capitán, ¡Los delfines! Se encuentran a diez grados a estribor.
     Éste inmediatamente giro el timón en la dirección recibida, enfilando hacia ellos. La manada se hallaba nadando lentamente pero al instante de sentir el cambio de la embarcación, ellos imprimieron más velocidad a sus cuerpos. Ellos que suelen acercarse a embarcaciones para curiosear o jugar, ahora se sentían nerviosos o precavidos.
     El Capitán tomó el micrófono de un altoparlante y habló al tirador de popa que se ubique en posición. Éste levanto el rifle y lo acomodó a la baranda, parapetado con el ojo en la mira.

     Nadando con ímpetu, los delfines se transformaron en verdaderos torpedos vivos, en el cual todos los miembros de la manada huían con la desesperación de sentirse presa. El delfín de mayor tamaño dirigía al resto, nadando por delante del grupo, unos metros.
     La lancha pesquera cortaba el agua como un arado y los seguía como un misil inteligente. La proa era como una mira en manos del Capitán.
    Ya navegaban en paralelo a la manada. 
    La mira del tirador ya se centraba sobre el delfín mayor. Este hombre casi ni pestañaba para no perder detalle, y su cuerpo se acomodaba instintivamente al vaivén de la nave . Su dedo ya empezaba a ceñirse sobre el gatillo. Pero, ¡OH sorpresa!, los delfines se sumergieron y no reaparecieron más.
   Todos los tripulantes de la nave estiraron sus cuellos y atisbaban a ver si los veían.
   Fredy desde su torre de observación apretaba sus labios y después exclamó:
  –  ¡Me lleve el diablo!
   Inmediatamente se puso a escudriñar el ancho océano a igual que todos los demás, pero con el doble de responsabilidad. Pasaron 5 minutos sin que ninguno apareciera.
    A lo que el Capitán disminuyó los motores de “La Piedad” y conectó el sonar, que casi inmediatamente dibujó a los integrantes de la manada a unos doscientos metros tras la popa.
   Rabioso el Capitán exclamó:
   – ¡Los desgraciados me querían fastidiar!, ¡Ya lo veremos!
    Por el altavoz avisaba al resto de su tripulación que la presa se encontraba atrás de ellos, mientras ponía en marcha los motores y  girando se lanzaba nuevamente a perseguirlos.
   Tardaron unos segundos en reacomodarse a la nueva situación, pero la lancha tenía potencia de sobra. La manada reaparecía al sentirse descubiertos y volvía a ser alcanzada a pesar de que maniobraron haciendo giros y cambios de dirección. Pero la lancha les seguía las aletas; implacable.
   De repente, los delfines usaron la misma táctica de desaparecer bajo el mar.
  Y ya conociendo este modo de actuar, el Capitán desaceleró, apagó los motores y encendió el sonar.
  Esta vez, estaban delante de la nave. Casi quietos en la profundidad, reunidos en ronda, como en coloquio familiar.
  El Capitán observaba la pantalla del sonar cuando el grupo se dividió, uno yendo hacia delante y los otros en inmersión hacia atrás.
  El Capitán aviso a sus marineros de este movimiento, y que tratasen de identificar al macho mayor, haber por donde aparecía. Aunque no hizo ninguna falta, pues a proa y con gran estruendo, salía de las profundidades saltando el brioso delfín .Y mientras evolucionaba en el aire daba un chillido, hacia una voltereta cayendo con gran estrépito al mar y levantando una cortina de agua; para después lanzarse a nadar velozmente. Era como una invitación a que lo siguiesen.
  La lancha volvía a rugir y enfilaba tras el cetáceo macho, que por momentos daba la impresión de inalcanzable. 
Todos se olvidaron del resto de la manada, excepto el Capitán que murmuraba para sí:
– Cierto es, que eres inteligente, proteges a tú familia… ¿no? Pero tú no te 
   me escapas.
Pronto, nave y delfín estuvieron codo a codo. En una loca carrera sin meta.          
  El tirador esta vez lo tenía en la mira; y apretó el gatillo sin mas.
  El dardo disparado se le clavó en la raíz de la aleta dorsal. Y un estremecimiento corrió por la piel del animal, que girando su dirección fue rebasado por la lancha pesquera y pronto desaceleró su manera de nadar.
  Fredy llamo a la cabina y anunció:
 –  ¡Vuelva Capitán!, ¡Ya lo tenemos!
   Cuando la lancha regresó hasta donde el delfín. Este nadaba lentamente, el tranquilizante hizo su trabajo en el animal que encontraba soporizado.
   El buzo se terminó de vestir ajustándose las antiparras con tubo, y se arrojó al mar, casi al mismo tiempo que una red caía de la lancha al delfín. El buzo se sumergió en las cristalinas aguas azules en busca de los extremos de la red, que terminaba en cuatro argollas. Y que uniéndolas a todas las enganchó al gancho de 
                                                                      
la grúa de la lancha; en medio de un millón de burbujas que cada vez más dificultaban su labor. Luego emergió y agitó su brazo sobre el agua, en señal para que eleven al delfín. Lo subieron con cuidado a la embarcación y lo depositaron sobre una camilla de lona, que se adaptaba a la forma del delfín. Para luego quitar la malla de la red.
   El cetáceo apresado emitía un silbido casi imperceptible. Tal vez se despedía de su familia o se preguntaba: ¿por qué?
    El Capitán se acercó a sus pescadores que atendían a la presa y le llamó la atención brillo sobre este. Era una placa metálica que tenía prendida a su aleta dorsal, a lo que dijo el Capitán:
  – Parece que a nuestro amigo no es la primera vez que lo capturan.
   Y Fredy que estaba a cerca , razonó:
  – Por eso se apartó de la manada. ¿No es cierto?
   – Sí, es cierto. Sabia que íbamos por él...Bueno, es hora de entregar nuestra pesca. Vamos a casa.
   Dicho esto el Capitán volvió a su cabina y encendió los motores. La tripulación guardaba sus redes ,  se ocupaban de fijar los extremos de la grúas y bárrales. También se ocuparon de cubrir con mantas al delfín y tirarle baldes de agua para hidratarlo y evitar que los rayos del sol lo maten o causase daños en su piel. Todos se encaraban de esto, y más de uno se fotografió a su lado, orgulloso cual trofeo de caza.
   Atrás quedaba la familia delfín lanzando tristes chillidos, que retumbaron a cientos de millas, pero que los humanos no oyeron; mientras la nave se alejaba.
     Ya en puerto, atracaron asegurando las amarras de la embarcación y bajaron el puente.
     Abajo ,en el muelle,  esperaba una ambulancia con sus luces parpadeando. Del que se apearon dos hombres vestidos de blanco, como enfermeros, y una mujer rubia de traje azul con zapatos de charol negros y  con  unas gafas oscuras. Ella parecía ser la jefa. 
   En la cubierta de la nave, el delfín salía de su letargo, pues su válvula respiratoria se movía más deprisa, por lo cual el efecto del tranquilizante se advertía que cedía. Le seguían remojando mantas húmedas sobre su cuerpo, con lo cual lo tenían bien fresco y a salvo del sol.
   El Capitán bajo al muelle y se entrevistó con la mujer. Y le dijo:
   – Le tenemos el encargo, Doctora. Espero que me tenga preparado el cheque con la cantidad que acordamos – mientras se quitaba las gafas espejadas y las guardaba en el bolsillo superior de su camisa.
    La mujer respondía:
   – Primero debo ver al ejemplar que ha traído – y dirigiéndose a los enfermeros que le acompañaban, ordenó:
   –  ¡Por favor, muchachos, ayuden a bajar al delfín!
     Y los enfermeros subieron a la nave y en conjunto a dos marineros alzaron la camilla, en la que reposaba el delfín.
    –  ¡Fuerza!– dirigía Fredy – ¡Muévanlo despacio!
La camilla fue calzada en un soporte con ruedas que permitieron transportar con mayor facilidad al cetáceo, que superaba los doscientos kilos. Lo bajaron por la rambla hasta donde se encontraba la mujer. Esta se acercó al borde de la camilla y lo observo bien. Lo estudio detenidamente al delfín, de piel suave brilloso en gris azulado que dejaba entrever su poderosa musculatura. De ojos grandes, negros y saltones que refulgían en su cabeza fusiforme y la característica extraña sonrisa de esta especie de animal.
    Por fin y mirando a la placa metálica de identificación dijo:
    –  ¡Hola amigo! Nos volvemos a encontrar.
   La Doctora Luisa Brosky acarició la cabeza del ejemplar. Ella no era Bióloga marina, como pensó el Capitán, sino una Científica Neuróloga. Y prefería mantenerlo así y no dar más explicaciones, al estar implicada en proyectos secretos del Gobierno. Así que ya era tiempo de concluir con su trato y le dijo a su interlocutor:
– Magnífico Capitán, aquí tiene su cheque … Me llevo el ejemplar.
    Solo los ojos del Capitán expresaron un instante de satisfacción en la lectura que luego levanto su brazo enseñándolo a su tripulación.
    Al delfín lo introdujeron dentro la parte posterior de la ambulancia plegando las patas de la camilla y cerraron sus puertas.
   La Dra. Brosky  saco del bolsillo de su saco azul un móvil por el cual llamó y habló con alguien. Luego subió a la cabina de la ambulancia y partieron rápidamente con la sirena encendida. 



                                

                                


Capítulo 2


     La ambulancia a toda velocidad cruzó toda la ciudad de la isla; los rascacielos y el bullicio de la orbe, hasta que se trasformó en una larga carretera por el rodar de las ruedas. Los árboles lindantes parecían pasar veloces; pero era una ilusión óptica al paso del bólido.
    Por fin tras una hora de viaje frenaron ante el portón de acceso de la base militar. De la casilla de vigilancia se acercó un uniformado de azul; con gorro, cinturón y cartuchera de color blanco. Luego de observar a los ocupantes de la ambulancia y sus identificaciones, que ya estaban sujetas y colgaban en sus pechos, les dio paso e hizo una seña a un compañero que desde dentro de la casilla , levanto la barrera y les abrió portón.
    Raudamente prosiguieron hacía un gran edificio del complejo y se frenaron en seco ante su escalinata de entrada.
    Las puertas de vidrio del edificio se abrieron; apareciendo dos enfermeros más desde su interior, que venían a ayudar a los que bajaban de la ambulancia. Entre los cuatro bajaron la camilla con el delfín, desplegando sus ruedas retractiles.
    La Doctora Brosky se acercó al delfín y le dijo con una caricia:
    – Ahora Amigo, contribuirás a la ciencia.
     Luego dio la orden a los enfermeros:
     –  ¡Súbanlo y prepárenlo para la intervención!
     Ellos subieron la camilla por la rampa y las puertas de vidrio se abrieron automáticamente. Pasaron casi corriendo frente a un guardia interno que los miró. Y luego se internaron en pasillos interminables, ascensores y puertas.
  Todo bien iluminado de fluorescentes y con señales luminosas, que al delfín le confundiría tanto igual que a nosotros. Los cuatro enfermeros corrían cual emergencia en un hospital y el delfín volaba como un misil con ruedas.
    La Doctora Brosky los seguía detrás. Caminaba con pasos tranquilos y seguros, esta forma de ser le ayudaba a tomar concentración. Y pronto su rostro se mostraba sin gestos y seria. Era hora de probar sus teorías, sus esfuerzos y pruebas que le llevaron a rivalizar con los más prominentes genios de su país. Era hora de demostrar a todos, que ella era la mejor a pesar de las dificultades y descréditos de sus colegas. Era la hora de montar su espectáculo y no fallar por miedo o timidez. Ella era la que controlaba sus emociones y todo lo haría como la profesional que era. Por primera vez tendría ojos inquisidores en su nuca pero ella se decía que no le importaría  porque solo importaba: “El experimento”.
   Ella entró en una puerta, era un vestuario, y se comenzó a desvestir para cambiarse de indumentaria. Se colocó un traje blanco con gorro, mascarilla y guantes. Luego paso a otra sección cruzando una puerta de vidrio, donde había colgado otros trajes de material plástico de color amarillo. Ella fue,  tomó uno de un colgador y se lo colocó.
    Al delfín lo ingresaron a una gran sala recubierta de azulejos blancos que tenía dos mesas con unas extrañas cajas a modo de sarcófagos. Una, la menor, estaba cubierta. La mayor estaba con la tapa capsular levantada la cual dejaba ver una estructura metálica con forma cuboidal lleno de componentes  electrónicos centellantes y una base con el dibujo de la silueta de un delfín. 
   En el techo de esa sala, aparte de haber un sistemas de lámparas de iluminación, pendían de aquel unos tubos concéntricos metálicos cuyo extremos terminaban en dos esferas de color aluminio con luces titilando en su mitad superior, que eran parte del instrumental de una sala de cirugía pero con características nunca vistas. 
  Los dos enfermeros que conducían la ambulancia junto a otros ayudantes  subieron al delfín a la base donde estaba la silueta y se retiraron llevándose la camilla.
  Mientras que otros enfermeros que entraban y se quedaban a cargo del cetáceo. Lo aseguraron con cinturones que rodeaban la silueta del delfín y que coincidía exactamente con el ejemplar.
   Uno de ellos se dedicaba a untar la piel del delfín con un líquido desinfectante y el otro se ocupó de conectar electrodos en la cabeza y cuerpo del animal. Los cables  salían del fondo de la caja metálica.
   Terminando estás tareas, también estos se retiraron por la puerta metálica y sellaron la sala herméticamente cosa se anunciaba por un altavoz .
  Por una puerta interna con manga plástica, apareció la doctora con dos ayudantes. Vestían los trajes plásticos amarillos, con capuchas y vísceras acrílicas, parecían trajes de carácter antibacteriológicos.
  La Doctora Brosky se desplazó al sector medio de la sala en donde había unos tableros de ordenadores, que poseían cuatro pantallas simultáneas y un montón de botones luminosos. Se sentó en este puesto de mando y encendió los sistemas. Desde allí controlaba todo y ordenaba a sus ayudantes, con sus intercomunicadores incorporados en los trajes:
  – Intuben al espécimen.
  Uno de los ayudantes tomó un tubo corrugado que salía de una válvula en la pared y se la introdujo en el diafragma respiratorio del delfín.
                                 
El delfín se agitó y el compañero saltó sobre él para sujetarlo, más como previamente fue maniatado no pudo resistirse a lo que le hacían. No obstante, uno de ellos tuvo la delicadeza de acariciar su morro para que se tranquilizara.
   Las señales del estado fisiológico y gráficos del delfín se reflejaban en los monitores que controlaba la Doctora Brosky. Marcaban ciclo respiratorio, frecuencia cardiaca , ondas cerebrales  y otros registros. Y así ella, podía verificar como el animal entraba en el sopor anestésico.
Mientras ocurrían estos preparativos, entraban a un palco de observación que estaba preparado con una pared vidriada hacia la sala de operación, dos militares uniformados con trajes azul marino llenos de galones. Un hombre de traje negro y corbata gris, con pinta de político y un hombre de guardapolvo blanco que hacía de anfitrión y le hacía gestos para que se acomodaran en las butacas.
Dirigiéndose al anfitrión, uno de los militares con cara ceñuda habló:  
 – Esperó que nos de una explicación, Comandante – decía mientras se quitaba la  gorra y se sentaba – ¿Que es lo que estamos por ver? Puesto que estamos financiando un proyecto de animación suspendida y el Alto Mando pide resultados.
   El de guardapolvo, hombre con la frente cuajada de arrugas, gafas y lazo de pajarita al cuello, sonrió nerviosamente y le contestó:
   – General Nelson. Señores...Trataré de ser explícito...Este proyecto lleva invertido cincuenta millones de euros...Y esa sala y todo sus aparatos que contiene, es su resultado. ¡La animación suspendida ya es una realidad!
     Los presentes sonrieron y sus semblantes daban muestra de sorpresa y aprobación. 
     Continuaba ,luego, la explicación el hombre de bata blanca que  llevaba una identificación pegado al bolsillo superior que decía: Comandante Augusto Branco.
   – La principal científica a la que debemos esto, es la Doctora Luisa Brosky...que aparte de ser ingeniera en física electrónica, es neurofisióloga. Y su proyecto final es el transplante de cerebro en la que usa la técnica de animación suspendida...Es la que esta sentada frente a las consolas dirigiendo el experimento que estamos por presenciar. El animal que está sobre la plataforma será el objeto de la prueba científica. La Dra. Brosky intentará el transplante cerebral a otro organismo sin que se produzca la muerte cerebral.
   El General Nelson se revolvió en su asiento y repreguntó:
     – Me está diciendo que le están por transplantar el cerebro de ese delfín –  dijo señalando al otro lado del vidrio – ¿a otro ejemplar...?
    El Comandante Branco metió las manos en el bolsillo y corrigió.
     – De un delfín a un cuerpo humano.
    El estupor se reflejó en todos los presentes y el ánimo cambió de inmediato.
      –  ¡Esto es inmoral!– exclamaba el político, levantando sus manos al cielo.
   El General Nelson hizo un gesto para que este se callara los demás y volvió a hablar él:
     – Mire Comandante Branco, lo que nos ha dicho es inaudito...pero deseo hacerle una pregunta que me asusta...Si al cerebro del delfín lo colocan dentro del cuerpo humano… ¿qué pasa con el humano?
    –  ¡No deben preocuparse por ello!, el cuerpo humano fue de una persona que dejó en testamento su intención de donarlo para la investigación científica. Y tuvo la desgracia de ahogarse, sufriendo “muerte cerebral”, desde entonces se mantuvo su cuerpo en condiciones con aparatos... ¡Ahora mismo está en animación suspendida!
     Al escuchar la explicación del Comandante Branco, los oyentes se tranquilizaron.
     El General Nelson se frotaba la barbilla y movía la cabeza en gesto que aprobaba la explicación.
     La Doctora Brosky seguía frente a los monitores que reflejaban sobre ella una fluorescencia azul, mientras tecleaba el ordenador para verificar cada parte del sistema, luego ordenaba:
   – Quita el tubo de la anestesia y conecta el oxígeno, Alberto. 
   El enfermero que estaba con el delfín sacó el tubo corrugado del diafragma y lo colgó. Luego, le coloco un tubo mas corto en el mismo lugar de su espiráculo respiratorio. Hecho esto, abrió una llave y se escuchó el soplar de un gas.         
   La Doctora tecleo su ordenador y la tapa del sarcófago comenzó a cerrarse y el delfín se perdió en las entrañas de la cápsula. Mientras seguía tecleando decía:
   –  Comenzamos la operación trasnfeneurocraneal.
   Luego tecleó nuevamente, y escribía:   
     Ejecutar programa de neurotransplante. 
  El ordenador le solicito la clave de acceso. Y ella lo escribió.
  Un aparato a manera de esfera metálica que gravitaba sobre la cápsula, encendió lucecitas y comenzó a descender desde un brazo mecánico del cual pendía. Bajo y se acopló a un agujero de la cápsula, correspondiente a donde se ubicaba el cráneo del delfín. Luego comenzó a rotar con pequeños movimientos en seco. Se escuchó un singular ruido de sierra eléctrica hasta que la esfera terminó por ajustarse al sarcófago.
   Simultáneamente, el Comandante Branco iba explicando a los espectadores:
    – Lo que ustedes ven bajar, es una campana de trepanación de cerebro totalmente automatizada. Posee tecnología de microcirugía computarizada. Microtaladros, micro bisturí, micro pinzas, láser, etc. Y todo sensorizado y controlado por el ordenador central de nuestra base exclusivamente diseñado para este proyecto … La cápsula está dotada del sistema de “congelación de partículas”, que es lo que mantiene los cuerpos en estado latente o de animación suspendidas. Se congela todo movimiento molecular.
   En la sala de operaciones, todo se veía en los monitores. Tanto lo que ocurría dentro de la cápsula en que estaba el delfín, como la que estaba a su lado. Se veía que al delfín se le introducía la campana perforando su cráneo. En otro de los monitores se veía un cuerpo humano. Y en los otros monitores, se reflejaba gráficos numéricos con tiempos y valores que la Doctora Brosky controlaba con un teclear a ritmo impresionante de sus dedos.
  Transcurrieron unos minutos y en una pantalla, acompañada de una voz metálica, aparecía la información:
    Fase de incisión cerebral completa.
    A la cual la Doctora escribió:
    Comenzar fase de separación e intercambio.
    El brazo mecánico empezó a elevar a la campana de trepanación de la cápsula del delfín. Igual sucedía en la cápsula del hombre, donde se elevaba una campana gemela. Cuando ambas campanas quedaron suspendidas; la que estaba en la cápsula del delfín se reacomodo en la cápsula del hombre, para descender mientras centellaban las pequeñas luces de la esfera.
    En el palco, el Comandante Branco seguía de relator:    – Ahora el cerebro del delfín será implantado en el cuerpo del donante … Y si logramos que el animal reviva, aunque sea por unos minutos, será el suceso científico más grande del siglo XXI.
          La campana se acopló a la cápsula. Y en el monitor de control se reflejaba en dibujos gráficos, como el cerebro del delfín se implantaba en el cuerpo del humano.
  La Doctora Brosky transpiraba a raudales en su frente, tras el acrílico del visor de su traje amarillo,  sobresalían sus ojos azules agrandados y bailando tras sus gafas.
   El General Nelson preguntaba por entonces:
   –  Si el experimento resulta exitoso, ¿se podrá realizar entre hombres?
   Con expresión de seguridad habló el Comandante Branco:
   – Sin ninguna duda. Se prueba con el delfín, por lo similar de tamaños entre cerebros,  como nuestro “Conejo de Indias”. Pero esto está ideado para hacerlo en los humanos. Estás maquinas se podrán ser calibradas a tal fin.
   El General repregunto:
    – Y si es tan importante como veo, ¿Por qué no se comunicó al Alto Mando de esta parte de la investigación?  
   EL Coronel Branco se puso firme y contestó con autoridad:
   – En principio, porque se me dio carta blanca en mis acciones. En segundo lugar, porque a Doctora Brosky le debemos los avances en la congelación de partículas. Ella trabajaba anteriormente en este proyecto y tuvimos que llegar a un acuerdo para que trabaje con nosotros.
   Esperó un segundo a una réplica, pero al no oírla prosiguió con su explicaciones sobre la experiencia de la otra sala:
  – Bueno, lo que sucede ahora en la cápsula es la reconexión de los haces nerviosos, y en algunos casos readaptación de estructuras cerebrales. Y algo que os puede sorprender; las suturas son con reestructura molecular.
   El Comandante Branco, se enfervorizó tanto con la explicación que gesticulaba con los brazos su explicación.
– De donde ¡No habrá cicatriz! ¡Ni interna, ni externa! Todo a partir de los avances que la Dra. Brosky que consiguió trasladarlos al campo de la neurociencia y con posibilidades incontables.
 En esos momentos, la campana trepanadora se elevaba de la cápsula. Y la Doctora seguía con su trabajo de taquígrafa a toda velocidad, sincronizando toda la operación. En una de las pantallas se veía el grafico de un hombre girando dentro la cápsula y acomodarse boca arriba.
    Luego, ella escribió con su teclado:
    Activación de la cuenta regresiva de la congelación de partículas de la cápsula hombre. Tiempo del proceso en cincuenta segundos.
    La pantalla mostró los números del tiempo transcurrido con décimas de segundos y ella se levanto de las consolas de control y fue hacia la segunda cápsula.
    Mientras se acercaba decía a sus ayudantes:
    –  ¡Muy bien, pásenme el desfibrilador!, ¡Prepárense para reanimar al paciente!
Un enfermero se acercó a la cápsula con un carro con el aparato de desfibrilación y le pasó los electrodos de aplicación a la Doctora Brosky.

                                
     El otro se encargó de encender una pantalla ubicada en la pared sobre sus cabezas; que mostraron líneas continuas, y en las que luego deberían aparecer los signos fisiológicos ahora suspendidos. En ella también se registraba la cuenta regresiva que llegó a cero.
 La cápsula se abrió suavemente dejando escapar un vapor y dentro apareció ,entre una bruma, el cuerpo desnudo de un hombre con la cabeza rapada. Su piel estaba blanco pálido, de físico proporcionado y unos veinticinco años de edad aproximadamente. En él, no se apreciaba ninguna herida o cicatriz de la reciente intervención. Solo que llevaba adosado una cantidad de electrodos en pecho y en la sien. 
   Los ayudantes le colocaron una máscara de oxígeno. La Doctora Brosky untó un gel en las terminales del desfibrilador y luego los aplicó en el pecho del hombre dándole una estruendosa descarga eléctrica que convulsionó todo el cuerpo. Los paneles no mostraban ningún cambio. Repitieron la operación mientras todos se impacientaban.
      La Doctora decía:
   – ¡Vamos!¡Responde!...Aumente la potencia un punto más.
     Otra vez la descarga eléctrica retumbo sobre el cuerpo del paciente, y este convulsionó nuevamente, pero al relajarse, los paneles ya mostraban actividad cardiaca y respiratoria.
   La Doctora se sacó intempestivamente la capucha, y corrió a los paneles de control. Pulsó un botón del teclado y apareció la grafica del encefalograma del cerebro del delfín, oscilando con actividad dentro del cuerpo humano.
  El rostro de la Doctora Brosky se coronó de una gran sonrisa y elevó sus brazos con los pulgares en alto mientras miraba al palco, porque sabía que la observaban. Y luego fue hacía sus ayudantes y les estrechó las manos efusivamente.
  Tras los cristales, aplausos aprobatorios que la Doctora observó, pero no escuchaba por hermeticidad de la sala. Pero por dentro era el día más feliz de su vida, aunque no sabía que un día lo deploraría. Ella termino de dar órdenes a sus colaboradores y salió de la sala.
  Luego de quince minutos el grupo de observadores encontraron a la Doctora Brosky, que caminaba por el pasillo y ya se había cambiado el atuendo por una bata blanca que resaltaba  su cabello rubio y sus rasgos femeninos.
   El Comandante Branco se adelantó al grupo y se estrechó en un abrazo con la Doctora, mientras le decía:
    –  ¡Luisa, lo conseguiste! ¡Sabía que lo conseguirías!
    El General Nelson se acercó e interrumpió el momento con la mano extendida y más seriedad:
   – ¡Felicitaciones, Doctora! Muy impresionante su intervención...Daré un informe satisfactorio al Alto Mando...Cuando esté menos ocupada debemos charlar.
   La Doctora estrechó su mano y le contestó:
  – Gracias...Ahora voy a la unidad de cuidados intensivos a ver al nuevo paciente... Pensamos que sobreviva solamente unas horas, pero en cualquier caso necesito presupuesto sin restricción.
   –  ¡Por supuesto, lo tiene!
    Entonces la Doctora prosiguió su marcha a paso veloz.
    En la Unidad de Cuidados Intensivos, el delfín-hombre se encontraba acostado en una cama cromada con bárrales laterales y conectado a un respirador artificial, con múltiples electrodos para recabar toda la información de sus funciones vitales. Con él se encontraba un enfermero que estuvo en la sala de operación, de nombre Alberto. Ya se había cambiado de indumentaria, y ante la vista nadie creería que era el mismo que parecía gordo con el traje amarillo y ahora la chaqueta de enfermero, tan flaco, que parecía tísico ante la luz blanca de iluminación de los fluorescentes.
   La Doctora entró al cuarto y se acerco a la cama de su paciente. Y sacando un estetoscopio del bolsillo de su bata, se lo colocó y lo auscultó. Luego preguntó a su ayudante:
   – Alberto, ¿has colocado cortisona al plasma?
   – Sí...Con 20 gotas por minuto. Tiene la presión normal, 70-120; ritmo cardiaco estable, 60 latidos por minuto; y el electroencefalograma activo.
   Las lecturas eran más normales de lo que se podía esperar. Y eso era preocupante, pues tarde o temprano debía presentar diferencias y reacciones no bien definidas que les servirían de estudio. Así que la Doctora Brosky recomendó:
   – Tendremos que estar alerta las próximas 24 horas. Son ahora las 11:45 AM. Yo cubriré la primera guardia de seis horas, luego continuaras tú. Ahora déjame sola, pero activa tu localizador de llamadas. ¿Vale?
   – Vale.
   Alberto era el ayudante más afín a los estudios de la Doctora Luisa Brosky. Fue alumno de ella en la facultad de medicina en la cátedra de neurología experimental. Ella era su ídolo y estaba orgulloso de haber sido elegido para ser su ayudante. Aunque la oposición fue difícil el siempre confió en que lo lograría y así fue. Ahora estaba a su lado compartiendo su felicidad. 
   A solas con su paciente, la Doctora estaba pendiente de sus reacciones fisiológicas y lo examinaba a cada momento. Miraba sus pupilas, auscultaba su respiración, movía su mano. Luego anotaba todo en su base de datos del ordenador.
   En realidad, ella sólo esperaba el momento del desenlace fatal. Y estar allí, para contemplarlo todo y así poder analizarlo. Todo ello sin involucrarse sentimentalmente con el delfín o el cuerpo humano que estaba ante sus ojos.
   Las horas pasaron sin grandes cambios y Alberto volvió para relevarla:
   – Doctora, a habido algún cambio.
   – Ninguno significativo, se mantiene estable. Te dejaré que le administres los medicamentos y que me llames al menor cambio por pequeño que sea.
    Intercambiaron una pequeña charla y luego la Doctora Brosky fue a descansar en su chalet individual, que estaba adosado al edificio principal. Que a igual que la de otro personal que trabajaban allí le permitía desplazarse a ellos en pocos  minutos .
    A las 10:00 PM. fue citada con el grupo de observadores en el salón de conferencias del edificio. Y allí estuvo puntual la Doctora que se reunió con ellos e intercambiaron saludos y felicitaciones hacia su persona. Todos los presentes se sentaron ante una larga mesa y el Comandante Branco abrió la charla:
   – Como ya vosotros sabéis, la responsable y creadora de la “Animación Suspendida por Congelación de Partículas”, ASCOP, es mi estimada Doctora Luisa Brosky. 
   Todos la miraron con simpatía y dieron palmadas, luego el Comandante Branco prosiguió:
  – Cuando le solicité formar parte del equipo para la investigación de este proyecto, ella trabajaba de forma particular en el tema. Con el objetivo de crear sus máquinas para el transplante de cerebros. Si bien nosotros perseguimos la “Animación Suspendida” para los viajes espaciales, me pareció excelente usar el invento a otras aplicaciones. Ella aceptó trabajar con nosotros a cambio que le dejáramos trabajar simultáneamente con sus máquinas de transplante. Cosa que yo acepté... Lo que vieron hoy, es el fruto de su trabajo y nuestro apoyo.
 Entonces intervino el General Nelson:
 –  ¡Vuelvo a felicitarlo Comandante Branco por su visión con la Doctora Luisa Brosky!... ¡Y a usted Doctora le diré que nos ha impresionado! ¡Le diré que su trabajo es estupendo!...  Pero le debo solicitarle los informes, datos y fórmulas de cómo lo habéis logrado.
   La Doctora Brosky contestó:
   – Llevo años investigando en este proyecto, y trabajo con metodología científica. No doy conclusiones hasta que esté probado la teoría con un experimento repetible.
  Dicho lo cual, levantó una carpeta y la arrojó al centro de la mesa y prosiguió.
  – Aquí está el informe sobre la “Animación Suspendida”con todos los datos y formulas que nos han llevado a desarrollarlo. El experimento que habéis presenciado es el corolario de este, pero el principio de mi técnica para el transplante de cerebro. La cual no está desarrollada en este informe.
   Los dos militares y el político se revolvieron en sus asientos, e intercambiaron miradas de desconcierto. Para finalmente mirar al General Nelson, que lógicamente habló:
   – ¿Quiere decir que no nos da detalles de las máquinas para transplantes en el informe?
  La Doctora Brosky se mostraba confiada y contestaba sin inmutarse:
  –  ¡Efectivamente!... Todo a su debido tiempo...todavía esta fase de experimentación no ha concluido, necesito más tiempo y el apoyo vuestro. No obstante el objetivo prioritario por el cual fui convocada, ha sido logrado... ¿No es cierto?
 – Cierto. Tiene mi apoyo y pida lo que fuere necesario para concluir sus experimentos –  concluyó el General.
   Todos asintieron y sonrieron de satisfacción. Luego cuchichearon entre ellos y pronto acordaron que se sentían satisfechos,  dejándola proseguir con su trabajo.
   Para luego conversar sobre detalles técnicos con el grupo, como la posibilidad de dormir a un hombre en una nave espacial, por espacios de mas de tres años de viaje en el espacio, permitirían alcanzar al planeta Marte sin deterioro físico y aún seguir navegando hacia el resto de planetas y aún el Universo. Luego de tan excitantes charlas, se retiraron todos muy contentos y dejaron a solas al Comandante Branco y la Doctora Luisa. Este le dijo:
   – Luisa, esperó que aceptes una copa para brindar por tus logros.
  Se fue a la habitación contigua y trajo tirando, una mesita con ruedas preparada con un cubo de hielo con una botella de Champagne bien helado.
   – Tu éxito es mi éxito, Luisa.
  La Doctora tenía mucho apreció al viejo Comandante que siempre la trató con deferencia de científico y la gala de un caballero. Y le contestaba:
   –  ¡Así es! Y brindo por el apoyo que me das y la confianza que has tenido.
   Mientras saboreaban de sus copas, el Comandante le decía:
  – Los has manejado a la perfección. Y te aprobarán el presupuesto que necesites. Salud.
  – Basta de halagos que me vas a acalorar...
 – La verdad que si no estuviera felizmente casado por más de 41 años, te elegiría a ti.
   Ella sonreía y se centraba:
   –  La primera fase está concluida. Y la segunda se las daré, en cuanto tenga todos los datos. No pude dejar la posibilidad de que el Alto Mando se adueñara de mi proyecto hasta llegar al fin.
   El Comandante la miraba tras su piel ajada, pero hoy con sus arrugas sonrientes le decía:
  – Eres una mujer precavida...y sabia. Ahora dime cual es el próximo paso.
  Ella puso su mano izquierda sobre el corazón y sinceramente se expresó:
  – No lo sé. Supongo que lo sabré una vez que el espécimen muera...Por cierto, es casi la hora que debo verlo.
   El Cmte Branco entonces la despidió:
    –  ¿Que esperas? Vete. Estás más ansiosa que una colegiala esperando a un chico...Ve.
   Ella salió hacia la unidad de cuidados intensivos. Sabia que el Comandante Branco también pasaría por allí más tarde, pues la curiosidad de los científicos es la mayor del mundo.
    Eran las 11:45 PM cuando entró a la unidad.

    Alberto, el enfermero, estaba anotando cifras en una pizarra que colgó al pie de la cama del delfín-hombre. Al verla, saludo a la Doctora , y comenzó a darle el parte:
    – Todo ha sido muy estable, salvo una pequeña febrícula, que bajé con paños fríos.
    Se le administró la azatioprima ,que usted dejo encargada, para evitar el rechazo.
    La Doctora tomo la pizarra del pié de la cama y lo repasó de un vistazo...luego miró al único paciente de la unidad. Este reposaba con la mascarilla de oxígeno en  la cama, el pecho desnudo lleno de electrodos y solo cubierto con un taparrabos.                                                                                                                         
    La Doctora Brosky comentó a Alberto:
    – Es extraño que aún sobreviva el espécimen... Si bien nos aplicamos en estudiar todos sus vías nerviosas , neuroconexiones de músculos y nervios equivalentes. Y cotejamos la información con el ordenador de cientos de tomografías de cerebros de delfines con los humanos. Y a pesar de que le administramos medicamentos contra el rechazo de órganos, no concibo la posibilidad de que sobreviva, es más, no entiendo porqué todavía sigue vivo.
   Pero Alberto sugería algo razonable:
  – Cabe la posibilidad de que el delfín este luchando por sobrevivir… De todos modos, mejor que esté ocurriendo así.
  – Sabes, Alberto, a veces tienes mas tino que yo –  y le dirigió una mirada de simpatía, para luego despedirlo –  Bueno. Vete a descansar que ahora me ocupo de hacer guardia. ¿Vale?
   Ya a solas, ella observaba a su paciente y estaba pendiente de cada respiración que le hacía dar la máquina. 
   El cuerpo inerte de este hombre que se prestó a que realicen pruebas, no habrá imaginado nunca que sería el receptor de un cerebro de delfín.
  Ella vigilaba cada palmo de su cuerpo; el cráneo rapado no presentaba marcas visibles. Sus ojos, cuando los observaba con una linterna se encontraban dilatados, no hablaban de que hubiera conciencia. Los miembros se encontraban flácidos y no ofrecían resistencia alguna cuando la Doctora los exploraba o los movilizaba cada cierto tiempo.
   Le estaba moviendo el brazo, cuando ella le habló a su paciente:
  – Mira amigo, tienes garra para aferrarte a la vida, que me causas admiración...Te prometo acompañarte a donde tú quieras, y te prometo no hacerte más daño del que te hice.
   Y tocándole el brazo sintió la piel de su paciente extremadamente caliente.
   –  ¡Pero si te estás quemando!
   Colocó rápidamente un termómetro en su axila y fue corriendo por paños mojados que aplicó por todo su cuerpo. El termómetro marcaba 40 grados o no funcionaba aquello. 
  Corrió nuevamente hasta una nevera y buscó unas bolsa de cubitos de hielo que ella se lo distribuía a lo largo de todo el cuerpo que había superado los 40 grados. Y solo así se contuvo la subida de temperatura corporal.
  Por fin, tras 15 minutos de corridas, la temperatura del paciente descendía a los 36 grados y la Doctora suspiraba. Otra vez la calma reinaba.
   Pasó la hora y fueron las 3:00 AM, cuando la Doctora Brosky se hallaba escribiendo en el ordenador sus observaciones. El plasma seguía su goteo cronométrico, el sonido profundo del respirador llenaba la noche y se mezclaba con el “vit” del electrocardiógrafo que mostraba ondas de actividad cardiaca.
   De pronto, los sonidos cambiaron y se aceleraron en frecuencia.

    La Doctora se levantó del ordenador y caminó lentamente hacía su paciente pero agudizando  su vista hacia él. Algo estaba pasando.
    Las venas y arterias del cuerpo del paciente comenzaron a henchirse desde el tórax en dirección a los miembros, como una ola de fuerza descomunal que nacía en el corazón y por la sangre que era empujada por él que se iban inflando, pareciendo que estaban por estallarle                     
La Doctora Brosky volvió sobre sus pasos y marcó una clave en el teléfono para solicitar ayuda. Después corrió hacía la cama y tomó la pizarra para anotar los valores que registraban los monitores, pero todos estaban fluctuando como locos.    Y los cambios se sucedían en el paciente; todo su cuerpo comenzó a hincharse, sus músculos empezaban a sobresalir como un bote neumático inflado por compresor. Sus hombros, bíceps y pectorales se agrandaron tanto que hicieron trizas el termómetro que la Doctora había dejado en la axila para luego controlar. Los abdominales rectos y oblicuos, saltaron como cuerda tensa. 
La piel parecía trasparentarse y  dejaron aflorar los poderosos cuadriceps, y así mismo todas las fibras del resto de su musculatura se marcaban. 

Entraron  corriendo a la unidad, el Comandante Branco y Alberto. En el mismo momento que el paciente convulsionaba con movimientos de sacudidas de todos sus miembros y sus  ojos abiertos que giraban para arriba. Inmediatamente,  ellos se precipitaron a sostenerlo, para que no se desconectara de los aparatos ni del plasma.
El Comandante gritaba:
  –  ¡Luisa, trae algo para atarlo!
   Ella sacó unas vendas del armario y corriendo ato el brazo derecho al barral de la cama, mientras el Comandante Branco hacía fuerza, sosteniéndoselo. No hubo igual suerte con el brazo izquierdo, que era sostenido por Alberto, pues ante un manotazo que dio el paciente, Alberto fue arrojado por encima de la cama yendo a caer unos cuantos metros mas adelante en el suelo y estrellarse a los pies de un ordenador.
   La Doctora Brosky siguió para ver como estaba su ayudante, mientras el Comandante Branco rodeaba la cama para buscar al brazo izquierdo, aunque tarde para evitar que se quitase la mascara o los electrodos. Y cuando el Comandante luchaba por sujetar el brazo. Así como comenzó, así dejo de convulsionar y hacer fuerza de repente.
   Alberto se incorporaba con ayuda de la Doctora Brosky y preguntaba:
  –  ¿Que es lo que pasó?
   Luisa palmeo al caído y fue hacia la cama del paciente donde el Comandante Branco, parado escudriñaba todo el entorno y advertía:
  –  ¡Tú paciente está respirando por sí mismo…! ¡Se ha desconectado del respirador!
   La Doctora se agarró al barral de la cama y lo observó de arriba abajo. Lo que veía no correspondía al cuerpo del hombre sobre el cual ella hacía el estudio. Parecía otro. Se asemejaba al de un gimnasta de culturismo tras años de entrenamiento. De lo cual teorizó:
   – Puede ser que las uniones neuronales hallan tardado unas horas en alcanzar su grado normal de transmisión de los impulsos nerviosos. Por lo tanto, lo que ha pasado es el cambio del tono muscular que tenía el cuerpo humano al del delfín, que por supuesto lo tiene mayor. Mayor masa muscular por resistencia acuática.                                                                                                                        
   Alberto escuchaba a la Doctora, mientras aprovechaba a observar los ojos del paciente, abriéndole los párpados y viendo la reacción de sus pupilas. Y cuando está terminaba de hablar, él alertó:
   – Tiene razón Doctora, el paciente tiene reacción pupilar.
  –  ¡¿Qué!?– Fue una gran sorpresa para el Comandante Branco.
   La Doctora Brosky comprobó personalmente lo que dijo su ayudante y concluía su examen con un: 
  – ¡En verdad que este ser se aferra a la vida!
   El Comandante Branco un poco confundido ante el giro del experimento, preguntaba:
   – Entonces, ¿qué haremos Luisa?
   Y ella con mirada sería y seguridad decía:
 – ¡Seguir hasta el final!






                                                         




                                   

viernes, 15 de junio de 2012

Capítulo 3



                                            CAPITULO 3
   Pasaron varios días y la situación se mantenía estable sin otra reacción de aquel singular paciente, al que la Doctora Brosky bautizó: Denis.
   Todos los días se seguía con la observación, el registro y la atención del cuerpo del delfín-hombre. Ahora en estado de coma parcial, púes respiraba por sí mismo. En los cambios de turnos se llegaban a encontrar con el Comandante Branco que seguía paso a paso la evolución del experimento. La Doctora Brosky se preguntaba cada día, que posibilidades tendría este ser, de seguir alimentándolo por la sonda nasogástrica, de movilizarlo e higienizarlo.¿Cuánto tiempo le daría si no existieran cambios?
    Ella conversaba a diario con su ayudante y el Comandante Branco sobre las posibilidades de desarrollo de un estado lúcido de conciencia del ser, no de reacción precisamente, pero sí de una especie de estado conciente. Ahora el electroencefalograma mostraba una actividad atenuada de su cerebro. Un estado parecido a una persona que duerme y que no esta en la fase REM.
   La Doctora esgrimía sus argumentos:
  – Comandante Branco, lo sucedido con el delfín no estaba previsto. No sabemos nada de reacciones como la que hemos visto. Este híbrido da muestras de que puede seguir un proceso desconocido por nadie, hasta el momento… Sinceramente necesito ayuda de alguien con conocimientos sobre cetáceos, neurología y reacciones que pueda imaginar que pueda suceder… Me sería de gran ayuda.
   El Comandante Branco mostró sus dudas:
   – Y si hacemos venir a alguien de afuera no clasificado para estas instalaciones, me puede costar el puesto. ¿Y sí cuando llega?,y ya está muerto su espécimen.
   Alberto de carácter tímido, pero resulto a echar una mano, dio su opinión:
   – Al menos podrá decir que hizo todo lo que estuvo en sus manos.
   La Doctora acotó:
   – Aparte ya escucho decir al General Nelson: “Tiene mi apoyo y pida lo que fuere necesario”.
   El Comandante Branco exclamó con resignación:
   –  Luisaaa…
    Ella sabía que siempre se imponía.
    Y aunque al principio  no tenían quién sería el candidato idóneo, decidieron localizar a un experto en delfines y rehabilitación. Tras un rastreo por Internet, se seleccionó a un Fisioterapeuta especializado en recuperaciones neurológicas, que trabajaba en convivencia con delfines. Había escrito un libro sobre las capacidades del sonar de los delfines como productora de ondas acústicas que mejoran y masajean interiormente a los pacientes que están en contacto con los delfines. También sobre del funcionamiento paralelo de las trasmisiones neuronales entre una especie y otra.
  Su nombre era Esteban Blanco. Era uno de esos extravagantes conocedores de la ciencia, que sin ser medico fundamentaba muy bien su trabajo, y la prueba era el alto número de pacientes que lo seguían como última esperanza para rehabilitar a niños y mayores con grave secuela cerebral. Desarrollaba sus labores en un delfinario de la península, pero su fama era conocida en toda Europa.
   El encargado de contactar con él, fue delegado en Alberto, que viajó inmediatamente a ofrecerle una oferta generosa para rehabilitar a un paciente de tratamiento individual en la base sin dar muchos detalles.
Alberto ahora vestía un traje negro, camisa blanca y corbata azul que contrastaba con la informalidad con que le recibió el Fisioterapeuta Esteban, que vestía camisa hawaiana, pantalón vaquero y zapatillas deportivas. Su cabellos también reflejaban la disparidad; el primero, un corte clásico con raya, y el otro con el cabello atado con coleta.
    A la propuesta, esté aceptó diciendo:
   – No está mal la pasta, supongo que me vendría bien para unos proyectos que tengo pensado, aparte hace más de dos años que me debo unas vacaciones y cambiar un poco serán como unas vacaciones para mí.
   Luego de un día para arreglar unos detalles, partieron en un vuelo hacia la isla.
   Ya en la isla, se subieron a un helicóptero que los esperaba, en el mismo aeropuerto.
  EL helicóptero levantó el polvo de la pista de la base al aterrizar. los dos pasajeros bajaron para encontrarse con el Comandante Branco que los recibió, estrechándole la mano a Esteban mientras le decía gritando debido al zumbido del rotor del aparato y el viento que levantaba:
    – ¡Soy el Comandante de esta base de investigación!¡ Me alegra que halla podido venir!
   Mientras caminaban alejándose de la pista, le decía:
    –  Le presentaré a la Doctora Luisa Brosky ,directora del proyecto, que le dirá el motivo por el cual lo necesitamos. ¡Sígame por favor!
    Entraron dentro del edificio principal y doblaron a la derecha por un pasillo que los llevó a una cafetería interna. En una mesa, sentada estaba la Doctora Luisa con gafas sin montura y que vestía una suave bata celeste.
    El Comandante Branco lo presentó y se retiró para que charlasen a solas.
    Esteban tomó la palabra:
   – Por favor, Doctora Luisa, ¿puedo tutearla?
   – Sí, como no.
   – Bueno. Le diré que estoy ansioso de saber en qué les puedo ser útil.
   Ella servicialmente le dijo:
–  ¿Le apetece beber algo?
    – No. Ahora prefiero escuchar, después invito yo – Pese a su interés laboral, Esteban, no perdía el hecho que la Doctora era atractiva.
   – Lo primero. Todo lo que vea o escuche deberá reservárselo para usted. Los trabajos y pruebas que desarrollamos son de carácter confidencial para nuestro gobierno ¿Entendido?
 Finalizada la frase, ella clavó sus ojos azules esperando la respuesta de su interlocutor.
   – Vale. No tengo objeción.
   – Segundo, deberá usar esta identificación dentro del complejo.
   Y colocó sobre la mesa un carnet con la foto y datos de Esteban.
    Mientras él cogía y se colocaba el carnet, ella proseguía:
   – Bueno, le diré concretamente para qué requerimos su colaboración. Tenemos a un paciente al que hay que rehabilitar. Su nombre es Denis. Ha tenido una neurocirugía con una técnica nueva, y esta en un estado de coma dos.
   –  ¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde la operación?
  Esteban evaluaba los datos más seriamente. La Doctora media sus palabras.
  – Hace unos diez días.
  –  ¿Cuál fue la enfermedad que tenía?
  Esa era la pregunta que se temía la Doctora que le hiciera. Y dado que no tenía justificativo, le señaló el fin último de su proyecto.
                                
  – No se trata de enfermedad, sino del transplante de cerebro.
  –  ¡¿Qué …?!–  La respuesta dejó descolocado a Esteban.
  La Doctora siguió con la explicación:
    –  Sí...Y Denis es el delfín sobre el cual se realizó con éxito el primer transplante del mundo de cerebro.
    Esteban se tapó la cara con ambas manos y las bajo hasta que tomaron actitud de plegaria. Su semblante pasó de ser sorprendido al horror, porque tenía a los delfines por amigos, lo que le hizo ponerse serio y hablar:
   – Doctora, una cosa es que me interese vuestro dinero, y otra que yo acepte trabajar en lo que me comenta. Experimentar con delfines es un sacrilegio. Pues los conozco, y sé que son más humanos que los propios humanos.
   Y se levantó de la mesa para retirarse; pero la mano de Luisa le sujeto, mientras esta decía:
   – Considere que ha de ayudar a un delfín, que de otro modo fallecería...O por lo menos acompáñeme a verlo, tal vez un simple consejo nos sería de vital ayuda.
   Ante la súplica de la dama, Esteban se calmó un poco y decidió acompañarla. La Doctora Brosky lo guiaba por los interminables pasillos hasta llegar a una puerta señalada como “Unidad de Cuidados  Intensivos”.
    Ambos entraron a una antesala de desinfección en donde se pusieron sendas batas blancas y guantes esterilizados para luego entrar en la habitación. Allí ya se encontraba Alberto cambiado de vestidos ,de relevo, como enfermero.
 Entraron Luisa y Esteban al área de cuidados, junto a la cama de Denis. Y al verlo el recién llegado tuvo otra sorpresa más. Miró por todos lados y solo había un hombre calvo a su vista en la cama. Y la Doctora dijo:
    –  Este es Denis.
    A Esteban le entró un ataque de risa, que no pudo más que romper a reír:

    – Están todos locos...Ja,ja,ja...Todavía no saben qué es un hombre y qué es un delfín...Ja,Ja,Ja...Lo siento Doctora pero atrapó un pez equivocado...Ja,Ja,Ja.
Esteban no podía parar de reír, se tuvo que secar las lágrimas que le brotaban de sus ojos. La Doctora se fastidió y soltó el resto que le quedaba por decir:
   –  ¡Silencio! Ese cuerpo que ve; tiene ahora un cerebro de delfín.
   Esteban calló en seco, y en su cara se reflejó la perplejidad que le salía de adentro con la palabra:
   – ¡¿Qué...?!
    La sorpresa con la que era castigado Esteban a cada momento, sería muy incomodo de estar en su piel. Ver a un hombre musculoso y fuerte, del que te dicen que tiene un cerebro de delfín... ¡Y encima no se vean rastros de cicatriz!
                                 
Parecía que era un montaje para tomarle el pelo, como lo hacen los de la TV cómica, pero sería tomarse muchas molestias.
   Comprendiéndolo, la Doctora trataría de explicarle los pormenores de su experimento:
 – El cuerpo usted que ve, nos lo donó él mismo estando en vida. Para que se use en experimentación...Como no podíamos probar la nueva técnica de transplante con un cerebro humano, se estudió la compatibilidad con el cerebro de delfín...Fue una tarea difícil y más difícil tomar una decisión.
   La nariz de Denis no era muy prominente, y sí puntiaguda, los ojos los tenía suavemente cerrados. Estaba con los electrodos en su frente y en el pecho.
Esteban se acercó al borde de la cama del paciente y lo miraba con descrédito a lo que le decía. Y aunque estaba escuchando y viendo un lugar de experimentación, donde todo podría ser posible y ante este cuerpo que tenía adelante, no podía hacerse a la idea. Y preguntó medio incrédulo pero con seriedad:
    – ¿Y no pensaron en las diferencias morfológicas?, ¿y qué tal en las implicaciones morales?
    – Legalmente esta permitido – se defendía la Doctora – Y las implicaciones de poder transplantar cerebros será la de salvar muchas vidas, que hoy mismo están condenadas...Piense en los casos de muerte cerebral con un cuerpo útil. Podrían albergar a otras personas condenadas. Tal el caso de un tetrapléjico o alguien con cáncer terminal o también es un avance para patologías de menor alcance. Por ejemplo la reparación de fibras nerviosas... ¿No le basta?
    – No estoy de acuerdo en que solo sean beneficios, pero dejemos eso de lado y dígame qué pasa con el delfín.
– Tardamos mucho tiempo en estudiar su red nerviosa y los equivalentes musculares. Un ordenador descodificó cada zona corporal análoga. Y al parecer hemos tenido mayor éxito del esperado.
    Esteban la miró profundamente diciéndole:
    – No es lo que pregunté. Quiero decir, si no pensó que este delfín tal vez no quería ser su juguete...Pero déjelo así; y sígame explicando … Quiere decir que cotejó por ordenador que los nervios que van a la aleta están en correspondencia a los del brazo de este sujeto.
    Luisa tenía los brazos cruzados al pecho, mientras seguía explicando:
    – Sí. Todo es más sencillo si se considera que el desarrollo embrionario de ambas especies es similar.
    – De hecho, imagino, que no esperaban que aún se mantuviera con vida.
    Ante esta aseveración la Doctora calló de inmediato.
    Esteban medito un momento y se resolvió.
    – Me quedaré. No por ustedes, ni por el dinero, lo haré por el delfín que ustedes han atrapado en este cuerpo.
   La Doctora aflojó sus brazos y se dispuso a pensar hacia delante.
   –  ¿Qué podemos hacer por Denis?
   –  ¿Lo han movilizado?
    –  Cada dos horas se lo cambia de postura y le movemos los miembros.
    Esteban dijo con seguridad:
    – Muy bien, ahora probaremos en su medio, el agua.
    Enseguida la Doctora llamó por teléfono a otra sección para que preparasen una piscina de hidromasaje y se encargaran de preparar el traslado de Denis. Mientras tanto, Luisa llevó a Esteban a ver el alojamiento que tenía asignado dentro de la base. Allí llevaron su equipaje, donde tenía varias cosas que el pensaba le podían ser de utilidad. Sacó de uno de sus bolsos, unos CD y un reproductor portátil.
   Más tarde, Alberto y otros ayudantes se encargaban de trasladar al paciente a la habitación de hidromasaje. La camilla llevaba adosados monitores móviles que reflejaban los cambios metabólicos del paciente.
   Lo colocaron al lado de un tanque de Hubber ,una pequeña bañera metálica, que al lado tenían una grúa para montarlo con ella al paciente dentro del tanque.  
   Esteban apareció con un enterizo naranja. La Doctora Brosky se ubicó de observadora, con una planilla para anotar datos que comentaba con su ayudante.

   El Fisioterapeuta daba las instrucciones a los ayudantes:
   – Muy bien muchachos, alcen al paciente con cuidado, despacio. Con cuidado.
   La grúa elevó la camilla y la ubicó sobre la piscina. Esteban dirigía con sus manos diciendo:
   – Bien, bájenlo despacio.
   La grúa bajaba en horizontal el cuerpo de Denis en una camilla cuchara, que se introducía lentamente en las burbujeantes aguas de la piscina de hidromasaje. Solo quedó la cabeza de Denis sin sumergir, que fue sostenida por Esteban. Se encontraba aún con los electrodos de goma sujetos por su frente para seguir registrando cualquier cambio fisiológico que se pudiera producir.
         Esteban, sosteniendo el cuerpo del delfín-hombre, comenzó a mecerlo dentro de la piscina. Y le hablaba de está manera:

–  ¡Vamos Amigo!, Ya estas en tu casa. ¡Esto te hará bien!, ¡Seguro que es lo que mas te gusta del mundo! ¡Vamos Amigo, que ya estás en el agua!
   Alberto, el enfermero, comentaba a la Doctora:
   –  ¿Cómo sabe que el oído de Denis funciona o que le podrá escuchar?
   – No lo sabe, pero si no lo intenta, ¿cómo lo sabrá?
   Al mismo tiempo, Esteban interrumpía para pedir:
   – Por favor, enciendan el reproductor que he traído.
   A lo que la Doctora Brosky fue solicita. Apretó la tecla play, y sonidos inconfundibles de delfines invadieron el ambiente.
  Esteban seguía con sus monólogos estimulando a Denis para que reaccionara.
  –  ¡Escucha Amigo, son tus hermanos que quieren que vivas!
  Al hablarle lo mecía en la piscina y el agua, que fluía a borbollones le pegaba a lo largo de todo el cuerpo de Denis. Esteban, al costado de la bañera, manejaba con pericia al paciente al paciente con una mano bajo él, demostrando su profesionalidad como Fisioterapeuta. Luego, con la mano izquierda comenzó a salpicar la cara de Denis y de vez en cuando, le acariciaba todo el rostro para estimularlo, mientras seguía hablándole.
   De repente se producían cambios en un monitor incrustado en la pared, que reflejaban las funciones que recogían los electrodos de la cabeza.
  Alberto dio la voz de alarma:
   –  ¡Algo esta pasando... el paciente registra cambios!
   La Doctora Brosky anotó los valores y luego pasó la planilla a Alberto para que continuara con los registros. Y se acercó más de cerca a la bañera, aguantando la respiración.
   Esteban seguía concentrado, hablándole, meciendo y frotando el cuerpo de Denis sin distraerse con lo que pasaba a su alrededor.
   –  ¡Vamos Delfín! ¡Despierta! ¡Siente el agua! ¿No es bueno sentirte flotar, nadar o vivir en ella? ¡Vamos Amigo, abre los ojos ahora! – y en ese momento le mojo la cara con un manotón de agua. Sus párpados se contrajeron con fuerza; y luego, lentamente Denis los abrió.

  –  ¡Muy bien Amigo! ¡Así, así! ...¡Yujuuu...!
  Gritaba de alegría Esteban y los demás que estaban en la sala, aplaudieron de la emoción ante este despertar milagroso que estaban presenciando. La Doctora Brosky no podía disimular su satisfacción. No hacía más que sonreír a más no poder y apretaba sus manos estremecida.
   Los ojos de Denis pestañaban y se movían de un lado a otro. Trataba de aclarar la visión, aunque todavía no lo conseguía, pues veía todo borroso, sin nitidez. Solo luces que se mezclan.
    Esteban dándose cuenta de aquel esfuerzo por aclarar la vista de Denis, le alentaba con optimismo:
   – ¡Tranquilo Amigo, todo está bien! ¡Ya pronto podrás ver! ¡Vamos tranquilo, tranquilo, tranquilo...!– mientras le frotaba el pecho para transmitirle ánimo y cariño. Un lenguaje que va más allá de las palabras, que tal vez el delfín si entendiese.
   Durante varias horas más, Esteban continuó junto a Denis en la piscina de hidromasaje. La Doctora Luisa Brosky recuperó su compostura y tomó los datos de las siguientes horas con una pulcritud científica.
   Denis, el delfín-hombre, miraba en silencio el techo de aquella habitación. Tal vez se preguntaba por qué no estaba el cielo con el que siempre convivió. ¿Qué sería aquella pared-cielo?, ¿qué me pasa?, ¿qué me hacen?
    De vez en cuando se le cruzaba la cara de Esteban por su foco de visión. Y aunque no comprendía que pasaba, sentía que le quería ayudar. Lo cierto es que él se sentía extraño, pero sabía que nadie lo atacaría.
    Esteban no se cansó de hablarle y acariciarle por más de dos horas hasta que la situación fue estable. Entonces ordenó:
    – Por hoy es suficiente. Encárguense de subirlo ha su habitación que mañana proseguiremos a la 8:00 horas.
    Así, Alberto se hizo cargo del traslado de Denis devuelta a la Sala de Cuidados Intensivos.
   Horas más tarde, Esteban se reencontraba con la Doctora Brosky en la cafetería del complejo, ya siendo de noche. Él llevaba un polo deportivo marrón en combinado con un pantalón negro. Ella traía puesto un traje azul, muy formal. Con sus gafas y su cabello rubio recogido. Ella era la anfitriona y tomó la palabra:
   –  ¡Impresionante vuestra manera de actuar esta tarde!
   Lo decía al tiempo que le señalaba para que tomase asiento frente a ella.
   –  Por favor Doctora, este es un milagro que nadie esperaba. Sea sincera.
   – Tienes razón, pero de no actuar como lo hizo, tal vez nunca hubiera sucedido.
   Ella mantenía la satisfacción en su cara; pero Esteban tenía cierto sabor amargo.
  – Luisa, permítame que la tutee, pero ya que me he involucrado en vuestro proyecto, le diré que Denis, va ha sufrir mucho cuando se de cuenta de lo que le hemos hecho.
   – Tú no has hecho nada. Lo he hecho yo y mi equipo de colaboradores.
  –  Lo sé. Pero me refiero, como miembro de la especie humana. De ahí mi responsabilidad. Imagina que el día de mañana despiertas en otro cuerpo y más aún, en el de otra especie. ¿Cómo te sentirías?
   La Doctora Brosky se acomodó las gafas, preparándose a dar una buena respuesta lógica de su proceder. Era su muletilla:
  –  No sé, trato de no pensar en los animales de laboratorio. Me concentro en los beneficios que mi trabajo puede dar a la humanidad. El sacrificio de un animal por el bien de todos.
  Esteban cruzó sus piernas y se tiró con los codos sobre la mesa:
  – Luisa, tú eres un animal. Tal vez seas más sofisticada, pero animal al fin y al cabo.
  La Doctora sabía a qué se refería Esteban, pero ella uso otro argumento para seguir con su planteamiento:
  – De acuerdo, pero nosotros somos los únicos animales que desvelamos los misterios del saber. Pensamos y razonamos como ningún otra especie; y usamos las posibilidades del conocimiento científico para mejorar la vida de la humanidad.
   Luisa se estaba acalorando.
   Él continuaba:
   – El caso es que las cosas no os ha salido como pensabais, Doctora. Y hablando de tener humanidad se ha olvidado que: ¡Este ser piensa y siente!...Deberíais haber leído a Leo Szilard, físico y biólogo que escribió: “Que si el hombre aprendiera a hablar con los delfines. Que estos intelectuales del mar obtendrían todos los premios Novel de física, química, medicina …”
 Y la Doctora Luisa completó:
   – “… y además el premio Novel de la Paz”. También leí ese libro.
   Y Esteban sorprendido inclinó su cabeza hacia un costado, como preguntando: ¿Y entonces?
   Ella prosiguió:
   – ...Es que también tengo simpatía y respeto por estos animales, pero estoy lejos de creer que sus pensamientos sean tan lógicos como el hombre. De ser así, ¿por qué no sacan provecho de ella?, ¿por qué no construyen algo?; o aún más, ¿por qué no aprovechan el hecho de que ciertos investigadores tratan de aprender su idioma?
   Así concluía su parecer, al que Esteban respondía con simpleza:
   – Tal vez su inteligencia la empleen para ser libres y felices. ¿Qué es más importante en la vida?..Pero os puedo asegurar, yo que he trabajado con ellos, que sí entienden... Y he visto a uno de ellos rescatar a alguien que se ahogaba, sin que nadie le enseñara.
    – He leído historias de ese tipo. Pero también se de perros y caballos que lo han hecho. Y no quiero parecer que les quito merito a estos hechos, pero necesitamos pruebas mas evidentes de su pensamiento lógico… Aquí, con Denis, tenemos la oportunidad de estudio. Haré todo lo que esté en mis manos para que este lo mejor posible, y tú eres fundamental. Se registrará todo el procedimiento y se publicarán los resultados y si hay evidencia de esta lógica que tú defiendes quedará plasmado.
   Esteban no muy convencido, replicó:
   – Lo mejor que podríais hacer, es retransplantarle su cerebro a su cuerpo original… ¿Habéis conservado el cuerpo del delfín?
   La Doctora Luisa abrió más sus ojos azules y se tiro atrás en su asiento, luego dijo:
   – Lo siento, esa es información clasificada.
   Con ello la Doctora decía que era mejor cambiar de tema, y proseguía:
   –  ¿Puedo preguntarte algo?
   – Adelante – decía Esteban que gesticulaba mostrando sus palmas.
   – De que se trataba esa grabación que has puesto cuando reanimabas a Denis.
   – Esa grabación fue tomada en mar abierto, cuando una manada de delfines trataba de mantener a flote a un congénere que se había enredado en unas redes pesqueras y se estaba ahogando.
   –  ¡Que interesante!– dijo Luisa, al tiempo que un mozo interrumpía la charla de ambos, pues venía a servir la cena.
   La velada prosiguió unas horas más. Ambos se contaron un poco de sus vidas.
    Esteban le relató sobre su padre, que fue pescador de mar; y del barco pesquero con el que navegaron juntos cuando él era solo un adolescente. Allí conoció a los delfines y las historias que sobre ellos le contaron los marineros. Sabía que ellos, muchas veces se acercan a las lanchas si no se sienten perseguidos y que juegan con las olas que produce la estela. Oyó que los marineros contaban historias de ser rescatados por ellos cuando se caía alguien al mar. Y que lo vivió en carne propia, cuando su padre fue golpeado por un aparejo en la nuca y cayó al mar durante la faena de pesca. Durante más de quince minutos nadie se dio cuenta. Cuando regresaron al lugar, dos cetáceos lo mantenían a flote y así pudieron rescatarlo con vida. Más por ello su padre quedó tetrapléjico. Y esto marcó el porqué él estudió fisioterapia, el mantener la esperanza de poder volver a la normalidad a su padre. Cosa que no pudo hacer, pues murió a los pocos días que él se titulara.
   Luisa escuchó absorta la historia y comprendió un poco más la forma de opinar de Esteban. Luego ella resumió su historia de vida sin intención de darse importancia. En su caso, ella provenía de una familia de médicos. Su madre, médica psicóloga y su padre, médico neurocirujano. En su casa solo se hablaba de este caso o del otro, discusiones con terminología médica hasta en la comida.
   Recordaba como su padre podía decir en medio de estar comiendo una chuleta, que tuvo que remover un coágulo con el aspirador de la masa encefálica.
   Ella era la menor y tenía dos hermanos varones. Cuando niña, vivió en casa hasta los 6 años, luego fue internada en un colegio privado de señoritas, mientras que sus hermanos seguían viviendo con sus padres. Esto generó en ella un deseo de superación y competencia, porque le parecía injusto dicha situación. Así que estudió y estudió, tanto que a los veintidós años se recibía de médica, a los veinticinco neuróloga, y por el interés que le producía la actividad eléctrica del cerebro, siguió con la ingeniería en física y electrónica, rama que finalizó a los veintiocho años.
   Esteban se impresionó aunque ella no lo quisiera, pues se dio cuenta del genio que tenía delante suyo, y por primera vez le causaba miedo, porque se dio cuenta que le atraía como mujer. Haciendo un paréntesis, recordó el tema por el que fue convocado. Y no estando de acuerdo con lo que le hicieron a aquella pobre criatura del mar, recobró su compostura y habló de Denis:
   – Luisa, mañana necesitaré que me proveyerais de todos los informes del paciente. También un aparato de electroestimulación para realizarle pruebas de conducción nerviosa. Y necesito saber con que contamos para rehabilitación. ¿Tienen piscina?, ¿ gimnasio? O equipamientos.
   La Doctora Luisa se acomodó en su asiento y le contestó:
   – Mañana tendrás lo que me has pedido. Y no os preocupéis por lo demás que estas instalaciones cuentan con todo ello, y lo que no hubiere se pedirá. Lo que cuenta ahora es tratar de ayudar a Denis en lo posible.
   Y sin detenerse más en consideraciones, Esteban concluyó:
   – Pues, entonces mejor que nos retiremos a descansar para empezar temprano.
    A las 8:00 AM Esteban se dirigió a la unidad de terapia para ver a Denis. Allí encontró a una enfermera de guardia, Marión, que le indicó que el paciente fue trasladado a la a sala de hidromasaje por orden de la Doctora; Esteban se encaminó hacía allí.
   Antes de proceder a entrar en el recinto de la piscina se colocó su enterizo naranja, y calzó unas finas botas antideslizantes. Luego, abrió la puerta del recinto y se sorprendió al ver como la Doctora Luisa sostenía al borde del tanque de Hubber a Denis, tal como el lo había hecho el día anterior. Ella tenía puesto un bañador celeste que la trasformaba totalmente del aspecto con que la había conocido. Denis flotaba entre las aguas burbujeantes y miraba fijamente al techo.
   Esteban frunció el ceño al ver que ella se percataba de su presencia.
   Ella se explicó:
   – Toda la noche ha pasado con los ojos abiertos, y pensé que esto le haría bien y lo relajaría…  Alberto me ayudo a introducirlo en el tanque.
   Esteban tomó una actitud tranquila, y le dio una explicación:
   – Los delfines no duermen completamente, porque si dejaran de nadar se ahogarían. Suelen dormir periodos muy pequeños y con la capacidad de dejar un hemisferio cerebral despierto Es por eso por lo que no cierra los ojos. Pero ahora dejadme a mí, que es mi trabajo.
   Luisa dejó que Esteban se hiciera cargo, y se disculpó:
   – Espero no haberte molestado.
   – No. Usted es la Doctora Y tiene que supervisar y fijarse en que es lo mejor para él.
   Luisa se colocó atrás, contra la pared de azulejos blanco a mirarlos silenciosamente. Mientras,   Esteban comenzó a hablar a Denis, al mismo tiempo que lo balanceaba suavemente en el agua:
   – ¿Qué tal Amigo?, es extraño este cielo para ti, seguramente… Tú que estas acostumbrado a ver el cielo azul, al sol y la combinación de mil colores, ahora sólo ves un triste fluorescente. Tú que has visto la luna de mil maneras, y al firmamento con mil estrellas, que seguramente te servían para navegar como un marinero, he aquí sólo viendo el insípido blanco de los azulejos. Y no digamos nada del Mar, esa inmensa extensión de agua azul, de vida y de oscuridad. Ahora te tenemos metido en un cubil. Pero no te preocupes, yo soy tu amigo, para sacarte adelante en este nuevo ropaje que te han dado… Y cuando lo domines un poco, seguro es que te llevo al Mar. Quiero que quieras dominarlo. ¡Quiero que te esfuerces! Y volverás al Mar … ¿entiendes?, ¡Al Mar!
   Luisa escucho la arenga con los brazos cruzados, pues su responsabilidad pesaba en la nueva situación del delfín, y por dentro pensaba:
   (¡Y dijo que no se había molestado!, pero debería saber que en la ciencia vale: “El mal de pocos, por el bien de la humanidad”. Más también es cierto lo que ha dicho sobre el delfín, tal vez los resultados del experimento resulten esclarecedor sobre los cetáceos.)
  Esteban giró su cabeza hacia Luisa y la vio parada cual una estatua de la Diosa Venus en bañador celeste, y le dijo:
  – Esta muy guapa con ese bañador Doctora, pero, no le parece que es mejor un traje de agua como el mío. Lo digo por la asepsia posquirúrgica.
  – No es necesario, pues la técnica que empleamos no deja ni la más mínima herida o cicatriz que sea vía de entrada.
  –  ¡Mejor así!, ¿no es cierto Amigo?
   Y le acaricio la frente a Denis, que pestañeó.
   – Así podré trabajar mas cómodo, y sintiendo el agua mejor, pues a mi también me gusta, tanto como a éste chico. ¡Ah!, ¿Cuánto tiempo lleva en el agua Denis?
   La Doctora Brosky consulto en un reloj de pared el tiempo transcurrido y contestó:
   – Cuarenta y dos minutos hace que entró al agua.
   – Pues entonces, media hora más y lo sacamos. Luego tú me llevas a conocer bien el complejo. ¿Vale?
  – ¡Vale!
   Más tarde, ya cambiados, recorrían caminando el complejo. Con guardapolvos blancos e identificaciones colgadas a sus solapas. Luisa guiaba:
   – Está es el ala izquierda. Aquí hay varios científicos investigando diversos proyectos. Como son clasificados y secretos, no sé en que están trabajando. De la misma manera, ellos no son informados de mis hallazgos. Sólo conozco sus nombres de cruzarnos en la cafetería y tal vez de algún comentario.
   Por el pasillo se cruzaron con un hombre de pelo cano con bata blanca y camisa con corbata azul, que saludó cortésmente.
  Luego de dar varias vueltas por los pasillos interminables, entraron a una gran piscina de natación. Esteban fisgoneó inmediatamente y preguntó:
   –  ¿Tiene salida al exterior este recinto?
   La Doctora señalo hacía un par de puertas en el extremo opuesto por donde habían entrado, al otro lado de la piscina.
  – Sí. Por el otro extremo hay unas puertas.
  Esteban caminó hacía ellas, examinando todo. Tocó el agua y verificó la temperatura. Y mientras lo hacía, preguntó a Luisa:
  –  ¿Podemos usar la piscina con exclusividad?
   La Doctora Brosky abrió sus palmas y dijo:
  –  ¡Es un hecho!
 –  Pues entonces, quiero que le agreguéis cincuenta kilos de sal a partir de mañana.
 –  ¿Traerás a Denis mañana?
 – Sí. Y hay algo más que quiero pedirte.
   Entonces, Esteban miró a los ojos de Luisa, mientras caminaba hacia ella. Ella dijo:
 – Dime.
 – Necesitaré traer a alguien que me ayudará en la mejoría de nuestro paciente.
   Ella frunció el ceño en actitud hostil, y él prosiguió:
   – Imagina como ha de sentirse Denis si recobra sus sentidos en plenitud y se ve rodeado de individuos que no son de su especie. Que lo han vapuleado y puesto en un nuevo estado...Sería conveniente que lo atendiera una enfermera de su especie.
  – Pero, ¿qué dices?– Luisa se mostró confundida.
  – Tu sabes que yo trabajo en recuperaciones neurológicas. He rehabilitado a niños con retraso psicomotriz, parálisis cerebrales, hemiplejías y otros; con un buen porcentaje de éxitos. Y esto es posible porque en mi terapia tengo una colaboradora importante. Es una delfín a la que llamo Viky. Ella es tan inteligente e intuitiva, que parecía saber exactamente lo que mis pacientes necesitaban. Y en el caso que tenemos entre manos me parece indispensable traerla.
   Luisa se frotó la barbilla y contestó el requerimiento:
  – No creo que haya inconveniente. Sólo déjame hablar con el Comandante Branco para gestionarlo y ver como la trasladamos.
  – Debo ir a buscarla yo, pues confía en mí y me acompañará.
  – Empecemos con los preparativos. Acompáñame.
   Así que retornaron encaminándose hacía la salida de la piscina, dejando atrás los azulejos.
   Ya entrando por los pasillos , Luisa le decía:
  – Tendremos un helicóptero que transportará un tanque de agua para traer a tu delfín. ¿Cuánto tiempo te llevará traerla?
  – Poco, hoy mismo a lo sumo mañana. Depende a la hora que pueda salir...volamos a la península, salgo en mi bote y llamo a Viky ;y con suerte estaremos de regreso en lo previsto.
  –  ¿Qué...?, ¿la tienes suelta?
  – Sí...Siempre trabajé con ella en mar abierto, aunque hubo una época que fue cautiva, y yo la compré.
  – Tus palabras me hacen pensar como si viviéramos en la época de la esclavitud.
   Lo decía en son de broma, pero a Esteban no le pareció un comentario feliz.
  – ¿En qué mundo vives? Si hoy mismo existe la esclavitud del hombre por el hombre. ¿Cómo crees que se trata a especies que erróneamente se consideran inferiores?
   La Doctora se disculpó:
  – Lo siento Esteban, no quería sulfurarte; pero lo conseguí.
  – Yo también lo siento, pero aprendí a querer a estos animales por muchas cosas...Tú también hablarías como yo, si en verdad los conocieras.
   Se detuvieron cerca de la habitación de Esteban y esté le dijo:
   – Voy a mi habitación. Infórmame cuando tengáis arreglada mi partida.
   Y Luisa prosiguió a ver al Comandante Branco, sabía que tendría que hablar mucho pero que al final lo convencería como siempre. Y así sucedió.
   Horas más tarde, Esteban partía en un helicóptero de birotores de gran porte Chinook, con propulsión de turbinas a buscar su delfina.